Miercoles, 8 de Agosto

Día soleado que no hacía presagiar el frío que íbamos a pasar en algunos momentos de la jornada. A las ocho nos recogieron en el apartamento para llevarnos al muelle, donde nos registramos -junto con trescientas personas más- y nos asignaron una lancha y una guía. Esto ya es turismo de masas puro y duro. De hecho, exceptuando Sydney, es la primera vez que nos encontramos con españoles. Una vez en la lancha nos llevaron en un viaje de casi una hora hasta las islas de Whitsundays. Nos dejaron en la llamada Hill Inlet, donde hay un mirador para contemplar las maravillosas aguas turquesas y la blanquísima arena de la playa. Eso si encuentras un hueco entre los ocho millones de personas que tuvieron la misma idea que tú. La verdad es que un lugar increíble. Desde el mirador nos bajaron hasta la playa pero no nos dejaron disfrutarla mucho porque rápidamente nos volvimos a subir a la lancha rumbo a otra isla, la Whitehaven Beach, donde nos dejaron diez minutos mientras preparaban el buffet en el barco. Subimos de nuevo para comer, no estaba mal, y creíamos que nos dejarían un rato en la playa reposando la comida, pero ni hablar, a ponerse los trajes que nos vamos a esnorquelear. Otro viaje larguísimo nos llevó a Hook Island donde nos soltaron al agua sin aletas, lanzaron comida para peces y allá que vienen en masa. Parecíamos un poco estúpidos, chocando unos con otros para ver un puñado de peces. Lamentable. Lo mejor de todo es que que vimos unos napoleones enormes, a costa eso sí de quedarnos helados. Quince minutos y arriba a la lancha, otro viaje que nos remató de frío y otra zona de la isla a ver corales. Debían de ser muy chulos, pero la visibilidad era de mala a malísima y nos teníamos que acercar a una distancia de veinte centímetros para verlos. Al menos en el agua se estaba más caliente que en superficie. Al final vimos una pequeña tortuga. A todas estas, un guía de la otra lancha andaba desesperado buscando a dos despistados que no encontraba. Finalmente los debió encontrar porque la lancha ya se había ido cuando regresamos a la nuestra. Nos secamos y nos preparamos para el viaje de vuelta en el que tiritando vimos pasar a una ballena jorobada. En resumen, muy bien las playas pero el esnorquel de pena, con un viento frío del sur que condicionó mucho la actividad.
Al llegar al apartamento nos metimos corriendo en la ducha a escaldarnos y una vez en calor bajamos a dar un paseo por el pueblo y a cenar. Para hoy elegimos un australiano y pudimos por fin degustar canguro a la plancha, salchichas de emú y hamburguesitas de búfalo. Lamentablemente se les había acabado el cocodrilo.
 En el muelle con todos los turistas 
 Vistas desde el mirador de Hill Inlet
 A ver si encontramos un hueco para la foto
 Foto de las Whitsundays tomada por unos españoles que pasaban por allí
 La playa es tan grande que parece que estamos solos
 Arriba otra vez
 Diez minutos de asueto en Whitehaven 
 Otra vez a la lancha
 Momento de la comida
 Adiós, Whitehaven
 A pleno sol y casi con bufanda
 Pero qué ha 'pachado'
 Un enorme napoleón con sus rémoras
 Madre mía, qué frío hace
 La visibilidad era mala, pero los rayos de sol le daban alegría
 Coral blando bajo el sol
 Tortuga de último momento
 Vamos a quedar pingüinos
 Una ballena jorobada por estribor
 Atardecer en Airlie Beach
 KC's Grill and Bar, el restaurante australiano donde cenamos
Probando la carne de la fauna local

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